
Eran pasadas las doce de una noche de diciembre, de esas donde el calor en Asunción no te deja ni pensar y el ventilador de techo parece que solo bate aire pesado. Estaba frente a la luz azul del monitor, peleando con el último ajuste de un logo para un cliente que no sabía lo que quería, pero lo quería para ayer. Sentí que el aire no me alcanzaba, una presión en el pecho que ya conocía pero que esa noche se sintió más densa. A mis 31 años, trabajando como diseñadora gráfica freelance, me di cuenta de que el ritmo me estaba comiendo viva y que ser mi propia jefa se parecía demasiado a ser mi propia carcelera. Fue ahí, entre un suspiro y un sorbo de agua tibia, que decidí abrir la pestaña de Hotmart que tenía guardada hace semanas.
Antes de que entremos en el cuaderno de lo que fue este año, una nota necesaria: Velida se sostiene a través de enlaces afiliados. Si decidís anotarte en algún programa usando los links de acá, Hotmart me da una pequeña comisión. No te sale ni un guaraní más caro a vos, pero a mí me ayuda a mantener este espacio donde escribo lo que me pasa, sin filtros. Solo hablo de lo que yo misma estoy probando —con sus luces y sus días de querer tirar la toalla— porque no soy psicóloga ni profesional de la salud, solo una diseñadora que intenta no colapsar. Si sentís que tu estrés te sobrepasa de una forma que no podés manejar, por favor, consultá con un médico o un terapeuta, que para eso están.
El peso de la libertad y el primer encuentro
Esa noche de diciembre compré el acceso a Universo Femenino. No lo hice con la euforia de quien cree que un curso le va a salvar la vida de la noche a la mañana. Lo hice con una curiosidad medio cansada, preguntándome si el material realmente aguantaría el tirón si lo trabajaba a mi ritmo, sin pisar el acelerador, como un experimento de largo aliento. Me llamó la atención que tuviera una calificación de 4.9; supongo que algo de validación externa necesitaba mi cabeza en ese momento de caos.
Empecé a ver los primeros videos mientras el zumbido constante del ventilador de techo me hacía compañía. Subrayaba el cuaderno de ejercicios con el olor a café frío de hace dos horas impregnado en la mesa. El programa está planteado con una entrega de material semanal, lo cual para mi cerebro desordenado fue un alivio. No tenía que devorarme todo un fin de semana para sentir que estaba haciendo algo. Podía ser un proceso lento, casi como el goteo de un aire acondicionado viejo.
Lo que me atrapó de entrada fue que no se sentía como esos manuales de productividad corporativa que te piden optimizar cada segundo. Había algo en el tono que me hacía sentir que entendían el estrés no como una falla de agenda, sino como una desconexión total con una misma. Pensé que a mis 31 años ya debería tener esto resuelto, pero me di cuenta de que nadie te enseña a ser jefa de tu propia paz. Empecé a anotar mis propios disparadores de estrés en los márgenes de mis bocetos, dándome cuenta de que mi cuerpo gritaba mucho antes de que yo me dignara a escuchar.
Cuando la rutina se rompe (y está bien)
Llegó marzo y con él, una racha de trabajo de esas que te dejan sin fines de semana. Un cliente de los de antes de la pandemia me pidió un rediseño completo de marca en quince días. Fue ahí donde ocurrió mi primer gran fracaso con el curso: abandoné por completo el módulo de gestión emocional durante tres semanas. Me sentí una hipócrita total. Ahí estaba yo, con el acceso a /visit/main pagado, y prefería quedarme scrolleando Instagram en los huecos de almuerzo en lugar de hacer los ejercicios de respiración.
Pero lo interesante de este programa es que el acceso incluye actualizaciones y te permite volver cuando el agua baja. No hay un cronómetro persiguiéndote. A mediados de marzo, después de entregar el manual de marca y dormir doce horas seguidas, volví a abrir la plataforma. Me di cuenta de que el valor no estaba en la continuidad perfecta, sino en la capacidad de retomar. En ese momento, entender cómo recuperarse del agotamiento laboral se volvió algo práctico, no solo una teoría que leía en blogs de bienestar.
Hubo un ejercicio específico en el módulo cuatro sobre la gratitud que me costó horrores. No era la gratitud tipo postal de autoayuda, sino algo más crudo. Me senté en el piso de mi oficina, con la espalda contra la pared fría, y empecé a escribir. Esa presión en el pecho que me acompañaba desde diciembre desapareció justo cuando terminé de escribir el último punto. Fue un alivio físico, casi como si me hubieran quitado un chaleco de plomo que no sabía que llevaba puesto.
La trampa de los consejos estándar
Algo que me hizo pensar mucho mientras avanzaba por los meses de frío —ese frío húmedo que se cuela por las rendijas en Asunción— es a quién va dirigido realmente el consejo de bienestar moderno. Muchas partes del material de apoyo parecen estar diseñadas para madres solteras con puestos de alta dirección, mujeres que tienen que delegar responsabilidades domésticas para sobrevivir. El consejo estándar suele ignorar que, para muchas de nosotras, delegar es imposible porque somos las únicas que estamos en el barco.
Para una freelance que vive sola, los ejercicios de autocuidado a veces se sienten como una tarea adicional en la lista de pendientes, en lugar de una solución. "Hacete un baño de inmersión", dicen, y yo pienso en quién va a limpiar la bañera después o en los platos que me esperan en la cocina. Sin embargo, el enfoque de Universo Femenino me permitió filtrar eso. En lugar de forzarme a rituales que no encajaban con mi realidad de monoambiente y entregas nocturnas, empecé a aplicar la lógica de la micro-pausa. No era el gran retiro espiritual, era decidir que a media tarde iba a soltar el mouse por diez minutos, aunque el cliente estuviera escribiendo al WhatsApp.
Aprendí que priorizar el descanso no siempre significa dormir; a veces es simplemente dejar de exigirle a mi cerebro que sea una máquina de ideas brillantes durante diez horas seguidas. Me di cuenta de que mi creatividad funcionaba mejor cuando dejaba de tratarla como un esclavo.
Seis meses después: el anclaje
Después de unos seis meses de seguir el programa a paso de tortuga, algo cambió en mi forma de encarar los lunes. Ya no empezaba el día con esa taquicardia sorda. Había integrado los ejercicios entre las entregas de diseño y mis mates matutinos. El material, al ser semanal, me servía de anclaje. Si la semana se volvía un caos por culpa de un servidor que se caía o un pago que se retrasaba, sabía que el miércoles o jueves podía entrar a ver el siguiente video y volver a centrarme.
Hace un par de semanas tuve otra crisis. No fue laboral, fue simplemente el cansancio acumulado de casi un año de este experimento personal. Me sentí tentada a dejarlo todo, a decir que esto del crecimiento personal es otra forma más de consumo. Pero volví a los primeros módulos. Releí mis notas de diciembre. La diferencia entre la Magdalena de aquel entonces y la de ahora no es que la de ahora no tenga estrés —el estrés sigue ahí, como el tráfico de la Avenida Mariscal López— sino que ahora tengo un mapa para navegarlo.
El programa /visit/main no me cambió la vida de forma cinematográfica. No me convertí en una gurú de la paz mental ni dejé de ser freelance para irme a vivir al campo. Pero me dio herramientas para que el ritmo de trabajo no me coma más de lo que estoy dispuesta a entregar. Me enseñó a poner límites, no solo a los clientes, sino a mi propia autoexigencia.
Si estás en ese punto donde sentís que el aire no te alcanza, capaz te sirva mirar un poco hacia adentro, sin apuro. El curso es una inversión alta al principio, no te voy a mentir, pero si lo ves como un material que te va a acompañar por meses o años, la perspectiva cambia. A veces, lo único que necesitamos es un recordatorio semanal de que tenemos permiso para bajar un cambio, incluso cuando el mundo nos pide que aceleremos. Yo sigo acá, con mi cuaderno medio desprolijo y mi ventilador haciendo ruido, pero al menos ahora sé que puedo respirar profundo antes de hacer el próximo clic.
Si sentís que este es tu momento para empezar a desatar esos nudos, podés darle una mirada al programa completo de Universo Femenino. No para terminarlo en una semana, sino para dejar que te acompañe, así como me acompaña a mí entre logos y mates fríos.