
El café que dejé a medio tomar sigue frío en el tazón sin agarradera que uso porque nunca compré otro. No escribí nada en la pantalla todavía. Llevo meses metida en este cuaderno de crecimiento personal que empecé casi por curiosidad de diseñadora. Quería ver si un método aguanta cuando lo trabajás semana a semana, sin acelerador, entre entregas de clientes y esta vida de freelance que a veces se siente más jaula que libertad.
Antes de seguir: este espacio se sostiene con enlaces de afiliados, y si te metés a algún programa desde acá, la plataforma me da una comisión — en este caso ronda el 36%, según la letra chica — sin que a vos te salga un guaraní de más. Solo escribo sobre lo que curso yo misma, con mis propios tropiezos incluidos.
Abrí la pestaña de Hotmart hacia el final del invierno pasado, cuando el cansancio freelance ya pesaba más de lo que quería admitir. Hotmart es una empresa brasileña, la plataforma líder de productos digitales en toda América Latina, y aloja cursos de desarrollo personal y empoderamiento femenino a los que se accede desde cualquier país hispanohablante — ahí encontré Universo Femenino con una calificación de 4.9 sobre 37 reseñas, alta para cualquier producto digital, y una garantía de siete días por si al tercer video me daba cuenta de que no era lo mío.
Las primeras semanas, entre bocetos rechazados y un cuaderno que no llenaba
Las primeras semanas fueron de puro reconocimiento. Antes de esto probé seguir un podcast de productividad matutina, algo que abandoné antes de cumplir el mes porque los consejos genéricos me aburrían a la tercera escucha. Empecé a usar el cuaderno no como tarea escolar sino como un respiro entre logos y manuales de marca, y ahí entendí — sin que nadie me lo explicara en un video — que el bloqueo creativo casi nunca se resuelve a fuerza de horas, sino cambiando el ángulo desde el que mirás el boceto rechazado. Dalila, una colega freelance que ilustra y contesta todo por audio porque no se saca los auriculares ni para saludar, me escribió esa semana preguntando cómo iba con "la tarea esa". Se lo conté por encima, con esa sensación de síndrome del impostor que todavía no le sé nombrar a un cliente en la cara.
Un mes especialmente pesado, mientras procesaba un módulo sobre el linaje familiar, terminé a la noche respondiendo un correo de un cliente que pedía un cambio de color "urgente" para el día siguiente. Pensé, con bronca, que pagaba este programa para que me recuerden que hay que poner límites — tema que ya desarrollé más largo en otra entrada — y aun así terminé aceptando el cambio gratis. Esa contradicción dolió más que el cansancio en sí. No soy psicóloga ni especialista en salud mental: soy una diseñadora tratando de no desarmarse en el proceso, y si tu cansancio o tu ansiedad te están bloqueando la vida entera, la respuesta no está en una pantalla sino en hablar con un profesional de salud mental.
Ignoré el módulo cinco casi tres semanas porque hacer las visualizaciones frente al espejo me daba una vergüenza ajena de mí misma, como sacado de una autoayuda de estante de supermercado. Lo bueno es que el precio incluye las actualizaciones y el acceso no vence, así que pude dejarlo colgado y volver cuando se me bajó un poco el ego — no hay fecha de entrega, y para una freelance eso es alivio y trampa al mismo tiempo.
Cuando la rutina se rompió y el cuaderno no se enojó
Hubo un tramo — casi un mes — en el que el trabajo se puso tan pesado que cerré la plataforma sin culpa aparente, aunque la culpa volvió apenas la reabrí. El material seguía ahí, esperando, y retomé desde un lugar menos exigente conmigo misma. De eso escribí más en otro posteo, así que acá lo dejo corto: encontré algunos ejercicios de crecimiento personal para mujeres ocupadas y creativas que se llevan bien con la estructura del programa, sobre todo en las semanas en que una tiene menos margen.
Lo que más me costó fue la gestión emocional aplicada al día a día real, no a la teoría del video. Una noche, después de una sesión pesada del módulo de empoderamiento, sentí una presión rara en el pecho que se aflojó recién cuando escribí, sin filtro, que estaba cansada de ser "la que siempre puede con todo". Un martes cualquiera, releyendo esa página, noté que mi letra de la semana anterior estaba más tranquila que de costumbre. Menos apretada, con más aire entre palabras. No supe bien qué hacer con una observación tan chica. No fue ninguna revelación; fue solo eso, un cuaderno semanal que empieza a llevar otro pulso.
A diferencia de otros programas que prometen libertad financiera o ingresos pasivos (frases que me generan desconfianza inmediata), acá el foco está puesto en la estructura interna, no en la billetera. Es una metodología de introspección, no una máquina de hacer plata, y conviene desconfiar de las promesas fáciles que circulan en internet. Lo que en mi experiencia mueve la aguja es el trabajo hormiga de cada semana, no la publicidad que lo rodea.
La inversión en crecimiento personal: el balance casi un año después
Si buscás frases para postear en Instagram, este no es el lugar. El currículum es amplio y toca temas que preferirías esquivar, sin saltar a la espiritualidad liviana ni a promesas de ingresos rápidos. En otra entrada me extendí sobre por qué vale la pena esta inversión más allá del monto; acá alcanza con decir que la calificación de 4.9 sobre 37 reseñas no me parece casualidad, aunque la comunidad vive sobre todo en Telegram, y si preferís un foro más ordenado capaz te cueste acomodarte ahí.
Para las que estamos en Paraguay, o en cualquier rincón donde el trabajo remoto ya es la norma, estas herramientas de gestión emocional y bienestar se volvieron casi tan necesarias como un buen programa de diseño. A veces me olvido de que el hardware — nosotras — también necesita mantenimiento. Salgo a caminar una vuelta por Plaza Uruguaya cuando un módulo me deja con la cabeza llena, y ese trayecto corto baja más la revolución que quedarme mirando la pantalla. Sigo en el proceso: no terminé todos los módulos y todavía evito un par de ejercicios, pero el cambio está en el dato chico de la semana — decir que no a un proyecto que no cierra, o cerrar la laptop cuando cae el sol aunque falte un detalle.
Si sentís que estás lista para mirar un poco más adentro sin la presión de resolverlo todo en un mes, el link de siempre lleva a la página completa del programa. Es un compromiso conmigo misma, con mis tiempos y mis sombras — no el camino más rápido, pero sí el que me está dejando seguir diseñando sin sentir que desaparezco del mapa.
Al cierre, el balance me sale positivo porque es real: no hay promesas de vida perfecta, solo la posibilidad de entender un poco mejor por qué hacemos lo que hacemos. Esta noche en Asunción, con el ventilador de pared por arrancar su ciclo, eso me alcanza. Si lo probás, ahí siguen esos días de garantía para ver si te hace sentido. Cada una, al final, es su propio proyecto de diseño más importante.