
Muchas personas arman listas de valores para sus marcas personales y, tiempo después, las releen sin reconocerse en ninguna palabra.
Me pasó con una lista que armé para ordenar mi trabajo de diseño freelance, en medio de este proceso de crecimiento personal que vengo sosteniendo sin hacer mucho ruido al respecto. La pregunta no es solo mía: la escucho seguido entre mujeres que están tratando de construir algo propio, ese tipo de empoderamiento femenino que no se resuelve con una frase linda sino con decisiones concretas, una detrás de otra.
Antes de seguir: este cuaderno se sostiene con enlaces afiliados. Si alguna vez decidís anotarte en uno de los programas que menciono acá, incluido el que tengo abierto en una pestaña del navegador desde hace un buen rato, quien vende me da una comisión del 36% sin que a vos te cueste un guaraní más. No soy coach ni terapeuta: escribo lo que voy masticando semana a semana, con lo que funciona y lo que no. Si el agotamiento te está ganando de verdad, hablá primero con alguien capacitado, no con un cuaderno.
El manifiesto de escritorio
Hay, me parece, dos maneras de llegar a esos valores. Una empieza en el papel: te sentás con un cuaderno y anotás palabras que te gustaría que te describieran. La otra empieza en el cuerpo: notás qué te tensa cuando decís que sí a algo que no querías decir.
Las dos parecen el mismo ejercicio. No lo son.
Agarré un cuaderno y empecé a anotar palabras lindas: Excelencia. Innovación. Compromiso. Sonaban bien hasta que las leía en voz alta un miércoles cualquiera y no me decían nada. La excelencia es un resultado, no algo que te mueva las tripas antes de mandar un presupuesto. Estaba copiando, sin darme cuenta, los valores de marcas de diseño gráfico que admiro, en lugar de mirar mis propios bocetos olvidados — y detrás de esa copia había bastante síndrome del impostor: si escribía palabras grandes, capaz nadie notaba que a veces siento que voy improvisando.
Pienso en mi colega Dalila Godoy, que puede desaparecer semanas enteras de las redes y reaparecer con un proyecto entero resuelto, y por un rato me convencí de que esa manera de trabajar debía ser uno de mis valores. Me había jurado no compararme con el proceso de nadie más, y ahí estaba, haciendo exactamente eso frente a su perfil. No era mi valor. Era el de ella, y la comparación solo me dejó con la sensación de estar atrasada en algo que ni siquiera había terminado de definir.
Hubo otro intento antes de este cuaderno: seguí durante un tiempo un podcast de productividad que prometía ordenarme las mañanas, uno de esos rituales de veinte minutos antes de abrir el mail. Lo abandoné al mes. No porque el consejo fuera malo, sino porque nunca fue mío — era la rutina de otra persona puesta encima de la mía, y ese tipo de perfeccionismo importado nunca se sostiene.
Los valores de marca personal que sí se sostienen salen de lugares distintos
Ese estancamiento duró un buen rato, y leer sobre cómo aceptar un proceso de crecimiento personal lento me ayudó a no tirar la toalla con el módulo. Pero lo que realmente movió algo no fue una lectura más: fue notar dónde se me iba la energía sin que yo lo decidiera.
Una tarde caminé hasta el Parque Ñu Guasú a despejarme, sin cuaderno ni ejercicio pendiente, solo para estar entre los árboles un rato largo. Ahí, lejos de la pantalla, noté esa presión fría en el pecho que me aparece cada vez que acepto un proyecto que va contra mi estética — una reacción del cuerpo, no una idea armada a propósito. Ese tipo de gestión emocional, aprender a leer lo que el cuerpo avisa antes de que la cabeza lo racionalice, terminó siendo más útil que cualquier lista de adjetivos.
Los consejos estándar sobre marca personal rara vez toman en cuenta a alguien que llega a la noche sin energía para ejercicios de introspección. Tengo clientas que son madres en plena crianza, con la identidad personal y la profesional fusionadas bajo un cansancio que no da tregua, y para ellas los ejercicios clásicos simplemente no alcanzan — no por falta de ganas, sino porque el agotamiento mental no negocia con una consigna bonita.
Lo que se nota cuando decís que no
Definir un valor, para mí, terminó siendo distinto a escribir una lista: es decidir qué es lo mínimo que vas a tolerar hoy, y sostenerlo aunque incomode. Ahí entra poner límites de verdad con un cliente, no como gesto simbólico sino como parte de la rutina personal de todos los días — la que se arma en los huecos entre una entrega y otra, no en un retiro de fin de semana.
Había un ejercicio del módulo de identidad que fui postergando una y otra vez, uno de esos que dejás para cuando tenga cabeza. Terminó resuelto de un tirón, una noche cualquiera, sin que nadie me lo pidiera y sin la obligación que sentía cuando lo tenía anotado como pendiente — y esa diferencia, hacerlo porque quise y no porque debía, me dijo más sobre mis valores que cualquier palabra que hubiera escrito antes. Fue la primera vez que abrí en serio la plataforma de Universo Femenino con ganas reales de trabajar el módulo, no solo de tildarlo como visto.
Nadie me lo pidió.
Esa constancia diaria, chiquita, sin anuncio, terminó pesando más que cualquier tanda de esfuerzo intenso seguida de un abandono. Y hace falta cierta autocompasión para permitir que un ejercicio se resuelva así, sin presión, sin culpa por haberlo dejado pendiente tanto tiempo.
Elegir entre la lista y la fricción
Meterle horas a un módulo de identidad en medio de entregas es, en el fondo, una forma de inversión personal — no en el sentido de plata, sino de tiempo que decidís no darle a otra cosa. También exige una gestión del tiempo distinta a la que uso con un cliente: acá nadie pone fecha de entrega, así que el ejercicio se pierde fácil si no le hago un huequito fijo.
En mis resultados del curso anoté que el valor más grande no fueron las palabras bonitas, sino aprender a proteger esos espacios chicos de silencio dentro de una rutina que siempre está a punto de romperse.
Aprender a decir que no a pedidos que le sacan filo a mi estilo fue la consecuencia más concreta de todo esto, y también la más incómoda — perder un ingreso da miedo, incluso cuando sabés que el proyecto no era para vos.
La lista de valores de manual sirve para algo puntual: presentarte rápido, armar un perfil, responder el primer mensaje de un cliente nuevo que pregunta cómo trabajás. Ahí un par de palabras prolijas ayudan. Pero cuando la pregunta es qué te hace decir basta un miércoles cualquiera, ninguna lista alcanza — ahí sirve mirar la fricción: el proyecto que rechazaste, el silencio que protegiste, la tensión que se aflojó en el pecho cuando dejaste de fingir. El curso de Universo Femenino sigue abierto en esa misma pestaña, recordándome que esto se trabaja de a poco, no de una sentada.
El café se me enfrió al lado del teclado esta tarde, ese olor apenas agrio que sale de la taza de cerámica sin agarradera que uso desde que perdí la que tenía asa, y ni lo noté hasta después. Si tu marca personal se siente como una lista que no te representa, capaz no te falta una palabra mejor — te falta prestarle atención a lo que el cuerpo ya sabe.