Antes, una llamada difícil terminaba en un mensaje de queja a la primera amiga que contestara el teléfono; ahora termina con cinco minutos mirando el techo, calladita, hasta que las ganas de quejarme se enfrían solas. Antes de seguir, un aviso rápido: este espacio se sostiene con enlaces afiliados, y si entrás a algún programa desde acá la plataforma me deja una comisión del 36% sin que a vos te cueste nada de más. Aclarado eso: ese cambio chico y raro es la razón por la que sigo con este cuaderno de crecimiento personal, quiero ver si la claridad mental que empecé a buscar hace meses, cuando el ritmo freelance me tenía comiéndome las uñas, aguanta cuando bajo la guardia o se desarma como todo lo demás.
Claridad, no velocidad: lo que buscaba en un curso
Hace casi tres años empecé a leer sobre crecimiento personal, después de una temporada fea en la que entendí que el trabajo por mi cuenta me estaba comiendo más de lo que quería admitir. La curiosidad de esa época terminó en la pestaña de un curso online, Universo Femenino, que tenía una calificación de 4.9 en la plataforma y que a mi lado más cínico de diseñadora le sonó sospechoso. No quería una solución mágica de fin de semana. Quería saber si el material aguantaba semana tras semana, metido en el desorden diario de entregas y revisiones, sin que yo tuviera que fingir el entusiasmo de una seguidora.
No era la primera vez que probaba algo parecido. Meses antes me había sumado a un grupo de WhatsApp de mujeres en crecimiento que alguien recomendó por ahí, con la ilusión de tener compañía en el proceso. A las pocas semanas el grupo era puro spam de links y frases genéricas, y lo silencié sin culpa ni segundas vueltas.
Al principio me costó. Hubo módulos que me dejaron pensando días enteros y otros ejercicios que abandoné a la mitad porque sentía que no eran para mí en ese momento. Pero la claridad no apareció por completar todos los casilleros, sino por permitirme estar adentro del proceso sin exigirme perfección. Aprendí que invertir en desarrollo personal cambió mi forma de trabajar, no porque me hiciera más rápida, sino porque me hizo más consciente de dónde pongo la energía.
Durante las semanas más cargadas del año, cuando todos mis clientes piden cambios de último momento, vuelvo a los videos de Universo Femenino como quien vuelve a un ancla. No es para resolver nada grande — es para acordarme de que existo por fuera de los pedidos de presupuesto, aunque sea un rato corto entre una entrega y otra.
Por qué cuesta tanto elegirse a una misma primero
Tuve una racha en la que el síndrome del impostor cerraba la laptop antes que yo — sentía que dedicarme un rato al curso era un lujo que no me merecía si todavía tenía encargos atrasados. Ya escribí sobre cómo superar el síndrome del impostor en mujeres creativas en otra entrada, así que no lo repito acá. Lo que sí puedo contar es lo que cambió cuando dejé de tratar el descanso como un premio que hay que ganarse primero.
Una tarde, un cliente que siempre pedía "un ajuste más" sin querer pagarlo me propuso, otra vez, estirar el encargo sin tocar el presupuesto. Antes me hubiera puesto emocional o hubiera cedido por puro cansancio. Esa vez dije que no, sin drama y sin justificarme de más. No fue un truco de comunicación aprendido en un módulo — fue que mi cabeza ya no estaba tan ocupada peleando contra el miedo a perder el trabajo, y me quedó lugar para poner un límite laboral. Empecé a aplicar lo que leí sobre superar el miedo a cobrar lo que valés y las cosas se empezaron a ordenar solas.
Fue apenas eso: un límite, no un discurso.
La rutina se rompe distinto cada semana
Mi amiga toma clases de inglés conversacional los martes, desde su casa. Cuando le conté que yo andaba metida en un curso de crecimiento personal me preguntó si llevaba una planilla, algo prolijo que mostrarle. No tengo nada así. Lo que tengo es un cuaderno donde anoto lo que va quedando de cada módulo, semana a semana, y algunas semanas esas páginas se llenan y otras se quedan completamente en blanco.
Para la semana seis ya no me costaba tanto sentarme a escuchar un módulo entero sin revisar el teléfono cada dos minutos. No fue una revelación ni un antes-y-después de película. Fue, simplemente, que ese miércoles no tuve que forzarme tanto. Zunilda, con quien coincidí en los comentarios de un módulo hace un tiempo, me escribió esos días preguntando algo que ninguna FAQ del curso contesta: qué hacer cuando un ejercicio remueve algo pero no hay tiempo esa semana para seguirlo. No tuve una respuesta prolija. Le dije lo que hago yo — lo dejo picando y vuelvo cuando puedo.
En otra entrada conté lo que aprendí cuando el curso me hizo romper del todo la rutina que traía desde antes. Juré que nunca iba a ser de las que cargan el cuaderno a todos lados, y ahora lo llevo hasta a la sala de espera del dentista. Esta semana fue una versión más chica de esa ruptura — la misma tarea de siempre, hecha con la cabeza en otro lado, sin que nadie más lo notara.
Aprender a soltar la lista completa
No fue un cambio de un día para el otro. Fue el resultado de varios meses frente a la pantalla, escuchando los módulos de Universo Femenino entre un cliente y otro. Algunos de los ejercicios creativos del programa terminé haciéndolos a mi manera, adaptados a mis tiempos de diseñadora, y hubo módulos enteros sobre gestión emocional que releí más de una vez porque a la primera pasada no me habían dicho nada. Otros simplemente los dejé pasar — no todo bloqueo creativo se destraba con un ejercicio de cuaderno, y está bien reconocerlo.
Esto no reemplaza la terapia — sigo yendo a la mía, y si sentís que la ansiedad o el desgano te superan, la recomendación sigue siendo la misma: hablar con un profesional de salud mental. No tengo formación en psicología. Solo soy una diseñadora que va llenando un cuaderno y contando lo que le sirve.
Si sentís que el ritmo te está por ganar y ya no te acordás de cómo se siente tener la cabeza en silencio, capaz te sirva darle una mirada a Universo Femenino. No promete cambiarte la vida en una semana — eso también me generó desconfianza al principio — pero da un mapa para ir encontrando una salida propia al ruido.
La lección que me llevo de estos meses es chica pero se sostiene: la claridad mental no aparece cuando por fin controlás todo, aparece cuando dejás de pelear con vos misma por dentro y te queda energía real para lo de afuera. Ese es el único mapa que necesito por ahora. El resto — el cuaderno, los módulos, las semanas en blanco — es apenas el camino para llegar ahí.