
Tengo la ventana de un archivo de cliente abierta hace ya un buen rato y no le muevo ni una capa: el cursor parpadea solo, sobre una ilustración que se supone debía cerrar hace horas. Antes de seguir, una aclaración rápida porque prefiero decirla temprano: este cuaderno se sostiene con enlaces afiliados, y si alguna vez te sumás a algo desde acá, a mí me llega una comisión del 36% de Hotmart, sin que a vos te cueste ni un guaraní extra — escribo únicamente sobre lo que curso yo misma, nunca sobre lo que no probé. Y lo que estoy probando, hace ya un tiempo, es si el crecimiento personal aguanta el ritmo real de la vida freelance, ese que no negocia con la gestión del tiempo de manual.
Invertir en esto no fue una decisión romántica
Trabajo como diseñadora gráfica freelance hace un buen tiempo, la mayoría de mis clientes en o alrededor de Asunción, con un par de marcas chicas de acá y algunos que me vienen conservando desde antes de la pandemia. El archivo que tengo abierto ahora es de diseño gráfico puro, nada complicado en teoría, aunque hace un buen rato que no le muevo ni una capa. Hace casi tres años que empecé a meterle mano en serio a esto del crecimiento personal, primero con libros sueltos y después con lo que fuera cayendo en las manos, y hace ya un tiempo entré, con más curiosidad que fe, a la plataforma de Universo Femenino, un programa pensado en clave de empoderamiento femenino, que quería ver si aguantaba el ritmo real de una freelance al borde del colapso permanente.
Invertir acá no significa lo que insinúan las publicidades de las apps de bienestar: no es una suscripción que resuelve la ansiedad de un mes a otro. Para mí fue plata real, tiempo real y la incomodidad real de sentarme con preguntas que preferiría esquivar. Antes de este programa probé de todo — hasta me suscribí a una app de meditación guiada que abrí tres veces en total antes de dejarla morir entre notificaciones que ya ni miraba. Juré que esta vez no iba a anotar nada en el cuaderno la primera semana, para no presionarme, y terminé llenando casi dos páginas sin darme cuenta.
Gestión del tiempo real: la semana en que abandoné el cuaderno
Hubo una semana en la que dejé el cuaderno cerrado sobre el escritorio y no lo abrí ni una vez, ni para los ejercicios del módulo ni para anotar el enojo por un cliente que no contestaba. Ya escribí en lo que aprendí del curso universo femenino al romper la rutina diaria sobre esa costumbre mía de convencerme de que "no tengo tiempo" justo cuando el módulo pide lo contrario. Sigo yendo a mi paso, aunque eso signifique tardar bastante más que otras compañeras del curso en terminar lo mismo.
Hay semanas en que el síndrome del impostor aparece con más fuerza que otras, sobre todo cuando un cliente nuevo pregunta algo técnico que se supone ya debería tener resuelto sin dudar; el módulo no lo cura, pero ayuda a ponerle nombre en el momento en que pasa. La gestión emocional que se trabaja ahí tampoco tiene nada de mágico: es repetición y algo de vergüenza cuando una reacción no sale como el video la muestra.
Cuando por fin lo terminé
Hacia la semana cinco había una consigna corta del módulo que llevaba postergando casi tres semanas, sin ninguna razón puntual, simplemente la dejaba pasar cada vez que aparecía en la lista. Un domingo terminé caminando por el Parque Ñu Guasú sin haberlo planeado, lejos de la laptop y del cuaderno, y ahí, sin que nadie me lo pidiera ni me quedara otra excusa a mano, hice el ejercicio completo, de un tirón.
Nada más. Ni una foto para probarlo.
Le escribí a Dalila, colega de diseño e ilustración con la que comparto casi todos los rebotes de esta vida freelance, nada más que para bajarme el bajón, y terminamos media hora discutiendo si una tipografía tenía personalidad o sólo estaba prolija — con ella cualquier conversación deriva ahí tarde o temprano. De los ejercicios creativos que trae el curso hago sólo algunos, eligiendo los que me sirven para lo que tengo enfrente esa semana, no los que vienen en orden.
Poner un límite sin pedir perdón
Poner límites se volvió la razón más concreta por la que mi forma de trabajar fue cambiando, más que cualquier ejercicio de respiración del módulo. Hace poco tuve que hablar con el cliente que me acompaña desde antes de la pandemia, el que siempre desliza un pedido extra que nunca entra en el presupuesto original. Pausé el video justo en la parte de comunicación asertiva y apliqué, tal cual como venía, lo que estaba explicando. Esperaba una respuesta fría. En cambio, me contestó que tenía razón, que le mandara el número actualizado para el trabajo de más.
Esa noche cerré la laptop y sentí la mandíbula aflojarse por primera vez en meses — no me había dado cuenta de cuánta tensión guardaba ahí hasta que dejé de justificar cada límite con tres explicaciones de más. Si querés más de estas anotaciones sueltas, dejé mi experiencia real y curso universo femenino opiniones tras varios meses con bastante más detalle de cómo fue el resto del proceso.
Una aclaración que no pienso saltarme
Qué bárbaro cuando una empieza a notar estos cambios, pero ojo: no soy terapeuta, ni coach, ni tengo ningún título que diga que sé arreglarle la vida a nadie. Soy una diseñadora que se cansó de estar cansada, nada más. Si lo tuyo se parece más a una ansiedad clínica o a una depresión que no te deja levantarte de la cama, por favor hablá con tu médico de cabecera o con un psicólogo — estos programas son una herramienta más, no un reemplazo de ese acompañamiento.
Si sentís que el ritmo freelance te está por pasar por encima, capaz valga la pena mirar con calma Universo Femenino, sin la urgencia de resolver todo en un fin de semana.
Nada de esto mejoró mi manejo del Illustrator ni me volvió más rápida entregando. Cambió, eso sí, el lugar desde donde negocio un plazo, escribo un mail difícil o simplemente digo que no.