
¿Qué tiene de distinto no tener ideas y no querer buscarlas? Le doy vueltas a esa pregunta bastante seguido, porque desde afuera el bloqueo creativo y el cansancio que una diseñadora freelance arrastra sin nombrar se ven exactamente igual: la misma pantalla en blanco, el mismo cursor parpadeando, el mismo silencio donde debería haber un boceto. Trabajando sola, sin horario fijo, una aprende que confundir las dos cosas sale caro — en gestión del tiempo, en bienestar emocional, y en la paciencia que le queda para el propio crecimiento personal.
Clelia Villalba, una lectora que me escribe cada tanto para contar cómo le va con su propio cuaderno, me mandó hace poco un mensaje distinto a los demás. En vez de preguntarme cómo sigo con el mío, me contó que el suyo lleva semanas cerrado sobre el escritorio. Me hizo gracia, porque el mío también pasa temporadas cerradas — aunque el de ella respeta religiosamente el tamaño estándar de una hoja ISO 216 y el mío es el que encuentro en el kiosco de la esquina, cualquier tamaño, cualquier tapa. La deformación profesional de fijarme en esos detalles no se me va a ir nunca.
El bloqueo que no es falta de ideas
Puestas una al lado de la otra, nuestras dos historias con el bloqueo no se parecen tanto como pensé al principio. En mi caso casi nunca es no saber qué dibujar — la idea suele estar bastante clara. Es otra cosa: el cuerpo se niega a producir aunque la cabeza ya resolvió el problema, como si hubiera un freno puesto en algún lugar que el diseño gráfico por sí solo no explica. El síndrome del impostor se disfraza de bloqueo cuando la página en blanco es en realidad miedo a que el trabajo la delate a una.
Con Clelia el mecanismo es otro. A ella no le cuesta arrancar — abre el cuaderno, escribe dos páginas convencida, y después lo cierra durante días. A mí el bloqueo me llega antes de sentarme; a ella, después de haber empezado. Puesto en limpio, no es el mismo bloqueo, aunque usemos la misma palabra para nombrarlo. Ahí es donde la gestión emocional termina sosteniendo la semana, cuando el bloqueo no cede y el encargo igual tiene fecha de entrega.
¿Por qué guardé el bullet journal en un cajón?
Hace un tiempo compré un bullet journal, de esos con hojas cuadriculadas pensadas para trackers prolijos, y lo llené de metas para el trimestre con una dedicación que ahora me da un poco de risa. Lo abrí un puñado de veces. Después quedó en un cajón, con la mayoría de las páginas todavía en blanco — prueba de que a mí un sistema tan armado me pesa en vez de ayudarme.
Juré que no iba a caer de nuevo con otro sistema parecido, y hace poco estuve a punto de comprar una libreta de otra marca que prometía exactamente lo mismo con otro nombre. Lo que sí se sostiene, semana tras semana, es algo mucho menos vistoso: un cuaderno semanal común, sin colores ni categorías, al que vuelvo los lunes o los domingos, según cómo venga la semana.
Cuando le conté esto a Clelia se rió, porque a ella el sistema con colores fue justo lo que la sacó de un bloqueo largo, aunque después lo dejó por otro motivo que todavía no me cuenta del todo. Nombró ese retroceso con una honestidad que me dejó sin palabras: dijo que en el fondo lo extraña y no se anima a volver por miedo a fallarle otra vez a ese cuaderno. Ninguna de las dos tiene la fórmula correcta. Cada una tiene, nomás, la que le funciona a su propio bloqueo, que no es lo mismo.
Plaza Uruguaya y el mapa de mis límites
Hay una tarde que recuerdo bien: caminaba por Plaza Uruguaya tratando de no pensar en un cliente que pedía la quinta ronda de cambios sobre el mismo logo, y ahí entendí que el bloqueo no se iba a resolver con más disciplina, sino con menos exigencia. Me costó bastante poner límites laborales para freelancers que buscan equilibrio y paz mental, y todavía me cuesta, pero fue el primer lugar donde el bloqueo empezó a aflojar de verdad.
Vuelvo seguido a un martes en particular cuando dudo si algo cambió de verdad: abro el cuaderno de esa semana y la letra es distinta a la de la semana anterior, más suelta, con menos tachones, como si la mano hubiera dejado de apretar el lápiz. Ahí fue cuando entendí que ocuparme de mí misma no es un gasto emocional que hay que justificar, es una decisión sobre qué tipo de freelance quiero ser más adelante.
De los ejercicios creativos que probé por esos días, muy pocos sobrevivieron al roce de la rutina real, pero el de escribir sin corregir una sola línea fue el que se quedó. Fue justo en medio de ese ejercicio a medias cuando llamó Rosibel, mi amiga de toda la vida, para preguntarme una pavada sobre un regalo. Terminamos hablando media hora, y ella, que normalmente no suelta ni una queja, bajó la guardia recién cuando mencionó que tenía una bolsa de alfajores esperándola en la mesa de la cocina.
Abrir el módulo cuando ya no hay excusas
Cuando se me acaban las excusas para no sentarme, abro la pestaña de Universo Femenino en la laptop. No busco un tip de productividad, busco entender qué me está pasando esa semana en particular. Ese hábito me recuerda lo que aprendí del curso universo femenino al romper la rutina diaria: que la creatividad necesita espacio vacío para volver, y que llenar cada minuto con estímulos nuevos es, paradójicamente, una manera bastante eficiente de bloquearse.
Aclaro esto porque me parece importante decirlo mientras escribo: no soy psicóloga ni terapeuta, solo una diseñadora que se cansó de cargar con más de lo que podía. Si el bloqueo se te complica hasta el punto de no poder levantarte de la cama, o te trae una angustia que no logras manejar sola, lo que corresponde es hablar con un profesional de la salud mental, no leer otra entrada de blog.
El bloqueo, en mi experiencia y en la de Clelia, tiene menos que ver con la falta de talento y más con el miedo al juicio ajeno — el de un cliente, el de una misma. Si te llega antes de sentarte, como a mí, ordenar el entorno sirve poco: ayuda más bajar la exigencia antes de abrir el archivo. Si te llega después de haber empezado, como a ella, el problema no es arrancar sino sostener, y ahí un sistema con estructura visible — colores, checklist, lo que sea que te obligue a volver — pesa más que la inspiración del primer impulso. Mi experiencia real y curso universo femenino opiniones tras varios meses confirma algo parecido: lo que cambia no es tanto lo que hacés, sino cómo te mirás mientras lo hacés. Puestas las dos historias juntas, la única conclusión firme es que no hay una sola forma correcta de volver a sentarse frente a la hoja — solo la que, por ahora, le sirve a cada una.